miércoles, 23 de septiembre de 2009

Agustín Moreno, héroe de carne y hueso victorioso ante la pena y la adversidad



Una cita con el dolor

Era la una de la mañana de un día de julio del 2.005 cuando Agustín sintió ruidos extraños en el patio de su humilde residencia en el barrio Colombia Libre de Maicao. Sin pensarlo dos veces y, con el ánimo de defender a su familia de cualquier riesgo, decidió salir para averiguar qué estaba pasando. Sus ojos quedaron deslumbrados por llamas gigantescas que amenazaban con devorarlo todo. Cada dos segundos se podía oír una nueva explosión y con ella aumentaba la altura de las llamas y el aspecto terrorífico de las mismas anunciaban presagios de muerte y desolación.

Agustín olvidó todo y solo pensó en trasladar a su familia hacia un lugar seguro. Olvidó absolutamente todo... incluso una vieja arma de cacería que llevaba consigo y con la cual esperaba ahuyentar a eventuales ladrones en caso de que fueran ellos quienes originaran los extraños ruidos. En uno de sus bruscos y angustiosos movimientos el arma se disparó y un centenar de pequeños balines fueron a incrustarse en su tobillo y pie izquierdos. Sintió como si mil gruesas y oxidadas agujas trasladaran su carne, sus huesos, sus nervios y hasta su alma. La sangre salía impulsada con la misma fuerza con que salía la tarde anterior el agua del acueducto por un tubo roto situado en la mitad de la calle.

Fue llevado de urgencia al hospital en donde los médicos actuaron de inmediato para sedarlo, detener la hemorragia y recuperar los huesos fracturados.
Sin embargo…

Comienza el drama de una familia

Días después de esta primera operación la pierna y pie afectado continuaba hinchada y adquiría un preocupante color oscuro. Por tal motivo y siguiendo los consejos de un médico amigo la familia decide trasladar a Agustín a un centro asistencial de Barranquilla en donde pudieran aplicarle un tratamiento a los vasos y venas afectadas por el impacto de los pequeños proyectiles. En otras palabras, necesitaba con urgencia el diagnóstico y los cuidados de un cirujano vascular y no solo de los ortopedistas que hasta el momento lo habían atendido.

La cara siniestra de la fatalidad

Cuando la ambulancia había cumplido la mayor parte del tramo en su viaje hacia la capital del Atlántico el conductor perdió el control, el vehículo giró en forma de trompo y luego de dar varios botes fue a dar a la cuneta. ¡Parecía increíble pero la ambulancia se había accidentado!

Todas las personas que viajaban en el vehículo resultaron golpeadas, excepto Agustín, quien salió ileso, si se puede utilizar este término. La enfermera acompañante resultó fracturada en un brazo; el conductor recibió un severo golpe en el hombro; doña María, la líder del barrio tuvo una costilla rota y Delkys, esposa y mano derecha de nuestro héroe tuvo fractura en el pie y escoriaciones en la cara.

En medio del dolor y la confusión los heridos recuerdan como llegaron las ambulancias a disputarse los heridos y poco caso les hicieron sobre su destino final: la Clínica Cervantes. Por cosa s de la “Guerra de las Ambulancias” fueron llevados a otro centro asistencial de Barranquilla en donde los heridos recibieron atención médica. Pero…se perdió un tiempo precioso para salvar la pierna de Agustín. Los médicos le habían dicho que si llegaba en las primeras horas de la mañana tal vez podría tener alguna esperanza. Sin embargo, eran las cuatro de la tarde y aún no llegaba su clínica de destino.


Un diagnóstico escalofriante

Después de superar el trauma de los dos accidentes Agustín tendría que prepararse para las nuevas noticias sobre su salud: esa mañana un médico le daría una noticia definitiva sobre el tratamiento que debería seguirse para salvar su vida. Muy puntual concurrió a la cita en que un doctor, vestido de impecable bata blanca, de edad mediana y de gruesos lentes de marcos negros, le dio una de las noticias más importantes de su vida: sería necesario amputar parcialmente su pierna. La intervención debería hacerse cuanto antes para evitar que la gangrena siguiera afectando su extremidad y, en poco tiempo, afectara su propia vida o, en el mejor de los casos, obligaría a efectuar una amputación aún más dolorosa: probablemente por encima de la rodilla.

Agustín sintió como si el mundo, su mundo, bien organizado y seriamente planeado y vivido, se le derrumbara. A sus 36 años era un padre de familia amoroso, había realizado sus estudios técnicos en mercadeo, tenía toda la vida por delante y estaba comenzando a construir su sueño de alcanzar un título profesional, pues se encontraba matriculado en el primer semestre del programa de administración de empresas en la Universidad de la Guajira.

Lloró amargamente pero sus lágrimas no pudieron cambiar la decisión de los médicos. Era amputar o ahora o amputar (o morir) unos meses después.


El dolor del día después

Eran las 8 de la mañana y Agustín apenas comenzaba a salir de los efectos adormecedores de la anestesia. Le dolía todo. La espalda por los todo el tiempo que había pasado en cama; la cintura por los golpes recibidos en el accidente de la ambulancia; la cabeza por efecto de tantas emociones juntas y…le dolía, incluso, la pierna que ya no tenía pues un equipo de cirujanos y anestesiólogos le habían hecho el extraño favor de cortarle su extremidad tres centímetros por debajo de la rodilla.

En medio de la tribulación casi no pudo escuchar la voz de sus amigos cuando le decían que en adelante debería seguir viviendo y asumir la tarea de luchar con fe y hombría por su futuro y el de su familia. No le agradaba la idea de convertirse en el “mocho” del barrio ni en el discapacitado de la cuadra. Él,  acostumbrado a caminar diariamente de su casa a la Universidad; él acostumbrado a manejar su bicicleta cuando las distancias eran más largas; él, acostumbrado a sus “picaditos” de fútbol entre amigos…. Él no estaba para resignarse tan rápido a moverse ayudado por dos muletas o una silla de ruedas.

Una determinación iluminada por la fe

La determinación de Agustín no tenía límites. Con la misma determinación con la que autorizó a los médicos para que le practicaran la amputación, una vez se enteró que era el único camino para seguir viviendo, se trasladó a Medellín en donde emprendería su proceso de rehabilitación. Con algo del dinero que le reconoció el seguro de la Universidad llegó a la capital de Antioquia una tarde tibia del mes de octubre con el firme propósito de adquirir una prótesis y aprender a utilizarla cuanto antes.

En uno de esos interminables recorridos de un extremo a otro de la ciudad vivió cierto episodio curioso que ahora recuerda con cariño: “Había caminado bastante y estaba cansado, casi vencido por el trajín de la jornada. En eso alguien me tocó el hombro por la espalda y a mí se me hizo raro porque conocía a muy pocas personas. Cuando miré, me di cuenta que era un señor de buen aspecto, bien elegante, como adinerado. Tenía en la mano un billete de veinte mil pesos y me lo extendió para que yo lo tomara. Al principio me extrañó mucho y pensé en rechazar el billete, pero no quise dañarle su deseo de ayudar y se lo recibí”.

En el lugar en que debían ayudarlo, lo recibieron al principio con varias frases que parecían concebidas para desalentarlo. Le tocó oír cosas como “aquí hay personas que han mandado a hacer la prótesis y luego no han sido capaces de ponérselas”. O esta otra: Hay quienes se las ponen y se las quitan enseguida y prefieren seguir sus muletas”

Por fortuna, en la trastienda, alcanzó a escuchar a alguien que decía: “Y también hay algunos que salen caminando”

Mientras estaba en el sitio vio soldados que ya caminaban, y lo hacían bien, gracias a los aparatos ortopédicos. Fue entonces cuando pensó. “Yo soy de los que va a salir caminando”
La primera vez que se puso la prótesis cayó boca abajo, como un boxeador noqueado por los golpes adormecedores de un poderoso oponente. Pero se levantó antes de que concluyera el conteo, siguió ensayando y logró adaptarse a la que sería su compañera de viaje en adelante. En el centro de rehabilitación escuchó por fin algo motivador: “Usted va a caminar antes de lo que esperábamos”

Y cumplió su palabra, ese mismo día la muleta lo siguió acompañando, pero debajo de su brazo, mientras conseguía donde dejarla. De regreso a su lugar de hospedaje visitó algunos establecimientos comerciales, pidió cotizaciones de artículos de manufactura, intercambió teléfonos dejó perfilada la posibilidad de una futura relación comercial.

De regreso a su tierra maicaera sus amigos y compañeros de trabajo y aún sus pequeños hijos se sorprendieron de verlo tan recuperado.

Un poco después de llegar y estudiando sus posibilidades hacia el futuro, visitó a los colegios de su barrio y les propuso venderles los uniformes de diario y de deportes. Los rectores aceptaron y sin dudarlo llamó a sus contactos, quienes le despacharon mercancías por siete millones de pesos sin solicitarle ninguna garantía a cambio.

En esta iniciativa ganó lo suficiente para trasladar del terreno de los sueños al de la realidad la idea que desde hace algún tiempo rondaba en su cabeza: convertirse en dueño de su propia empresa.

Con el dinero ahorrado logra comprar una panadería en el barrio Colombia Libre. Paga la mitad del dinero y se compromete a pagar el resto en cuotas semanales. En poco tiempo cumple su promesa y en adelante se convierte en el próspero propietario de la panadería cuyo nombre tiene un significado parecido a su propia vida: “Renacer”

Una vida dedicada al trabajo y el estudio

Familia, trabajo y estudio son las palabras preferidas hoy en día por el muchacho nacido en el departamento del Cesar que un día llegó cargado de ilusiones a Maicao y que luego rodó por los Llanos Orientales antes de llegar de nuevo a La Guajira para tener una cita con su historia ese 28 de julio del año 2005.

Quien lo ve llegar a la Universidad en su moto o quien lo ve caminar por las calles del barrio Erika Beatriz donde vive o Colombia Libre, donde tiene su empresa, no sospecha que este muchacho emprendedor y visionario, carece de una de sus piernas. Mucho menos lo creerá el que lo ve  conduciendo su bicicleta con pericia y seguridad en los momentos en que sale a comprar los insumos para la fabricación de los más deliciosos panes de la frontera.

Sus pasos son cortos pero firmes y con ellos transita por las calles de piedra y polvo de Maicao, pero sus pensamientos están puestos en el futuro y su mentalidad en el éxito de su familia y el suyo, pues ya se encuentra a punto de recibir su título como administrador de empresas en la Universidad de la Guajira.
Su filosofía de vida es la de alguien a quien la vida le ha dado las más duras pruebas como preparación para el triunfo.


Tal vez por eso habla como todo un experto en motivación:
"En la vida no existen limitaciones y, si trabajamos duro y ponemos nuestras cargas en manos de Dios, siempre encontraremos solución a nuestros problemas y hallaremos el camino para ver realizados nuestros sueños. Yo sé por qué lo digo”
Un mensaje de aliento para quien esté en los brazos del desánimo

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Yuravis Isabel, la dama con alma de niña que venció el polio


Por: Alejandro Rutto Martínez

Sola junto a las escaleras

Eran las siete y 15  de una mañana fría y nublada y la clase de psicología clínica  avanzaba con normalidad en el salón 306 del tercer piso de la Universidad. Los estudiantes seguían atentamente las explicaciones de un profesor apasionado y muy comprometido con el tema; los bolígrafos se desplazaban por las hojas olorosas a tinta fresca de las agendas en donde los muchachos tomaban apuntes para compararlos luego con los capítulos de los libros incluidos  en la bibliografía recomendada por la facultad.

Los estudiantes de quinto semestre, la mayoría de ellos mujeres, se caracterizaban precisamente por su disciplina, aplicación y puntualidad. Por lo tanto,  los pupitres se encontraban ocupados… excepto uno. La estudiante que hacía falta se encontraba aún en el primer piso y, al parecer, no entraría a clases en esa oportunidad. Sus ojos miraban a uno y otro lado como si buscara con impaciencia algo o a alguien que no se dejaba encontrar. Sus compañeros se preocupaban por llegar temprano y el profesor también.

Comenzar a las siete en punto se volvió una rutina de aquellos seres humanos vivamente interesados en enseñar y aprender, pero por lo visto, como suele suceder en todo lugar, había una excepción a esta norma de estricto cumplimiento no solo por el mandato del reglamento sino por la cultura adquirida a través del tiempo en que habían permanecido juntos. La joven permanecía al lado de la vieja y muy inclinada escalera y de vez en cuando la miraba como si quisiera superar de un solo envión los noventa escalones que la separaban de su adorado salón de clases.

Y a todas éstas…¿por qué no emprendía la marcha de una vez por todas cumplía su cometido de esa particular mañana de su vida? ¿Por qué no daba sus pasos escalera arriba como lo habían hecho todos los demás? La razón no era difícil de explicar : la joven de la mirada inquieta era Yuravis Isabel, una valerosa sobreviviente del polio que, tras duras y complicadas batallas frente a la enfermedad, había cobrado importantes victorias y ahora se encontraba en su nuevo rol de universitaria, algo impensable en aquellos terribles días en que el mal le fue diagnosticado.

Aquellos terribles días

Rosalinda era una joven madre que junto a su esposo luchaba con empeño por salir adelante. Dios les había regalado cinco hermosas niñas a quienes dedicaban todo su cariño y en quienes invertían todos los años de su vigorosa juventud. Beda Margarita, María Luisa, Tanya, Linda Vanessa y Yuravis Isabel, la más chica de las princesas, eran el todo de sus vidas, la razón de la existencia, el presente y el futuro y la luz que iluminaba su amanecer, sus días, sus noches, sus inviernos y primaveras. Una de esas tardes en que el sol dejaba caer sobre la inmensa pampa sus rayos abrasadores y la niña Yuravis lloraba por el calor, Rosalinda decidió refrescarla con un buen baño bajo la sombra generosa del trupillo de su extenso patio.

Con una totuma mediana ibadejando caer el refrescante chorro sobre la cabecita de la niña, quien le agradecía con su tierna sonsira y su mirada ingenua. De repente la sonrisa desapareció y el cuerpecito quedó rígido en los brazos de la sorprendida madre. La niña ahora estaba inconsciente, su rostro estaba pálido como si toda la sangre lo hubiera abandonado; la fiebre era tan alta que el agua de la bañera había subido de temperatura. En una angustia indescriptible pidió ayuda profesional y los médicos le anticiparon el probable diagnóstico: Yuravis, la luz de sus ojos, la pequeña y traviesa nena de dos años y medio, probablemente había contraído polio, una enfermedad causada por un virus que afecta las motoneuronas de la médula espinal con una alta incidencia en la motricidad.

La rigidez del pequeño cuerpo preocupaba a la amorosa madre, al esforzado padre e, incluso a los diligentes médicos, quienes en poco tiempo confirmaron sus sospechas iníciales: el polio se había instalado en el cuerpo y en adelante sería muy dura la batalla para superarlo. Rosalinda estaba dispuesta a lo que sea por devolver la sonrisa a su hija y a toda la familia.

De manera que si era necesario luchar, ella lo haría hasta donde fuese necesario. Y de verdad tendría que sacar fuerzas de donde no las tenía, pues la niña no podía sostenerse en pie, nio sentarse, ni siquiera sostener una cuchara en sus delicadas manos.

Maracaibo: la ciudad de la esperanza

Maracaibo ha sido por muchas razones la ciudad de la esperanza y, especialmente los wayü, quienes no reconocen la arbitraria línea divisoria trazada por los dos países. Por eso fue el primer sitio a donde la familia acudió en busca de ayuda y la consiguió en una prestigiosa institución hospitalaria. Allí valoraron a la pequeña paciente y le aplicaron un tratamiento inicial.

La angustia de Rosalinda era muy grande pero en medio de todo sentí la tranquilidad de saber que su retoño estaba en manos de médicos altamente calificados, quienes dieron muestras de profesionalismo desde que se hicieron cargo del caso. Las cosas iban por buen camino pero una cosa era segura: Yuravis y su familia iban a estar en la clínica por largo tiempo. Y lo más angustioso de todo: los familiares no podrán quedarse en la noche porque así lo indica el reglamento de la institución.

Para Rosalinda, acostumbrada a no separarse nunca de su hija y, menos ahora, cuando más la necesita, es un duro golpe. Una noche debajo de la cama Rosalinda y su familia cumplieron durante varias noches la antipática norma. Pero llegó el día en que el instinto maternal pudo más que el respeto a los manuales y, llegada la noche, la amorosa progenitora esperó la hora de salida, hizo el simulacro de que abandonaba la habitación, pero permaneció en ella y, para evadir la acción de los celadores, se acostó debajo de la cama de Yuravis de donde salía esporádicamente para ver el rostro angelical de la niña dormida. Cuando escuchaba a alguien en el pasillo volvía a su “escondite secreto”

Pero el escondite no resultó ser tan secreto ni tan perfecta su artimaña pues en horas de la madrugada fue descubierta por una de las más rigurosas enfermeras quien la amonestó y la exhortó a no incurrir otra vez en semejante falta a los reglamentos.

Traslado a Barranquilla

La noticia de que en Barranquilla, la próspera capital del departamento del Atlántico y ciudad más importante del Caribe existían centros altamente especializados lleva a la familia a trasladarse hasta allá.

En efecto, se inicia un tratamiento prometedor consistente en el uso de modernos aparatos con los cuales se garantiza una terapia de recuperación más acelerada que la obtenida hasta el momento. Poco a poco recupera algún movimiento en las extremidades y ya eso se constituye en un avance grandioso. Yuravis entre tanto se muere de ganas de hacer lo de todos los niños de su edad: ir al parque, montar en bicicleta, correr en patines, nadar en la piscina…pero aún no ha llegado el tiempo y Rosalinda le pide tener paciencia. Y agrega, como si Dios le hubiese regalado el don de la profecía: “Vas a ser una gran mujer. Escúchame bien, vas a ser una gran mujer”.

Y , como para complementar los buenos augurios, su padre, reservado por nnaturaleza, encuentra las mejores palabras de su repertorio para decirle: “Nunca digas ‘No puedo’, esfuérzate, ten paciencia, yo sé que tú te vas a levantar de esa cama” El uso de los pesados elementos terapéuticos tiene un efecto adverso en la columna vertebral y de nuevo aparecen las sombras de preocupación en el rostro de la familia.

Una señora, cuyo hijo se encuentra siendo tratado por motivos similares le cuenta que en Bogotá hay un lugar en donde la niña podrá recibir la atención que necesita en esos momentos.

Y, con un lápiz pálido como la noche vecina, le escribe en un papel este nombre: Instituto de Rehabilitación Franklin Delano Roosvelt.

La ciudad grande fría y desconocida

Bogotá era una ciudad lejana y perdida en la bruma de lo desconocido. De ella solo se tenían referencias por los noticieros de televisión, por los libros de historia y por lo que algunos viajeros contaban a su regreso. Pero de ahí a conocerla algún día…ni pensarlo. Sin embargo, una cosa es lo que se piensa y otra muy diferente es la determinación del destino (con “d” minúscula) y el designio de Dios (con “D” mayúscula).

Una tarde lluviosa y fría, como todas las de la época, Rosalinda llega a la capital colombiana con la firme determinación de lograr la sanidad de los seres a quienes ama con todas sus fuerzas, su alma y corazón.

En el Instituto Roosvelt conocen al doctor Álvaro Silva, ortopedista especializado en columna, una verdadera eminencia en su área de conocimiento, quien amablemente las riñe por el tiempo que, según su examen inicial, se había perdido hasta entonces. Con voz pausada y firme les dijo: “¿Qué esperaban ustedes, un milagro? ¿Por qué no habían venido antes?

Quince cirugías distintas y un solo cuerpo para resistirlas La p pericia del doctor Silva fue conocida una y otra vez por el cuerpecito de Yuranis. En total fueron quince intervenciones las que le efectuó el galeno para recuperar la movilidad de su tronco y extremidades. “La operación más difícil duró 12 horas, entre las 6 de la mañana y las 6 de la tarde y fue la única en que estuvo presente mi papá; después del procedimiento estuve varios días en la Unidad de Cuidados Intensivos.

En cierto momento yo parecía una letra “C”, así de torcido estaba mi cuerpo, pero no para adelante o para atrás, sino hacia un costado. Cada intervención era una osadía de la ciencia, un sufrimiento para mí y un esfuerzo para mi mamá, que se trasladó a Maicao, a trabajar para ganar dinero y costear mi tratamiento. Ella vivía allá pero su mente y corazón estaban aquí.

Por primera vez en la vida nos habíamos separado. Ella vivía en su casa de Maicao y yo en mi casa de Bogotá, o sea en la clínica. Lo que sí recuerdo es que después de cada operación, cuando abría los ojos, lo primero que veía era el dulce rostro de mi madre”. La clínica fue su hogar La recuperación era lenta y después de cada escala en el quirófano se notaba la recuperación. Paulatinamente hubo progresos y la alegría de los profesionales era evidente. La Clínica era su refugio, su hospedaje, su recinto, su hábitat, su colegio y su casa.

De los 6 a los 10 años su vecindario estuvo compuesto por hombres y mujeres vestidos de riguroso color blanco y su aroma era el de los medicamentos y lo antisépticos. Algunas veces sus hermanas llegaron a visitarla y le enseñaron parte de lo que aprendían en el colegio como, por ejemplo, las vocales.

El contacto con las primeras letras le despertó la sed del conocimiento y la llevó a enamorarse de todo lo que fuera el saber. Pedía (mejor, exigía) a sus médicos y enfermeras que le dejaran tareas que ella realizaba cuidadosamente para mostrárselas al siguiente día a sus “maestros”. Uno de los días más felices de su vida A medida que se daban los progresos le permitían salir de la habitación y conocer otros espacios de “su casa”. Uno de los que más le gustó fue cuando la llevaron a Cnetro de Rehabilitación para enseñarla a caminar, pero antes de eso vivió un momento verdaderamente feliz y fue cuando pudo sentarse algunos minutos en la cama.

Ella lo describe así: “Fue una sensación muy especial pues por primera vez desde que tenía uso de razón vi cosas diferentes al techo. Mis ojos estaban acostumbrados a mirar solo en dirección al techo pues permanecía todo el tiempo acostada. El día en que me senté y me pusieron en pie fue muy especial. Fue un gran logro aunque todo lo que hice fue con el auxilio de varias personas, entre ellas, médicos y enfermeras” A partir de esos momentos singulares y tan positivos comienza a desplazarse en silla de ruedas y en muletas. La vida, definitivamente, comenzaba a sonreírle.

El regreso a Maicao

La clínica fue su hogar durante una buena parte de su infancia y quienes la rodeaban le manifestaron todo su amor, pero llegó el día de la despedida, pues la parte restante del tratamiento podría cumplirla por consulta externa.

Así las cosas fue dada de alta y se despidió de con una mezcla de sentimientos en que no faltó la tristeza por los buenos amigos que dejaba; la gratitud por todo lo que había recibido y la alegría por la oportunidad de regresar a la tierra de sus amores en donde el cactus milenario saluda al sol para darle gracias por el sol que ilumina su vitalidad. Y

a en casa hubo la oportunidad de pensar por primera vez en asistir a una institución educativa. En el Colegio Divino Niño fue sometida a una prueba académica y los profesores consideraron que estaba lista para cursar el segundo de primeria. Era un nuevo triunfo para ella pues las vocales y las sumas y restas aprendidas de su hermana, más las tareas presentadas a sus médicos y enfermeras le estaban permitiendo ir a un curso más avanzado de lo que esperaba. La primaria es como un río de aguas tranquilas por el cual navega con paso rápido y firme.

Concluida esa etapa en donde se demuestra a sí misma el maravilloso poder de la tenacidad bien aplicada, pasa a la secundaria. Por razones de vecindad a su casa cambia de colegio y pasa a las aulas acogedoras del Liceo Latinoamericano en donde es recibida como una princesa por sus profesores y compañeros. Y también por su inolvidable rector, Jairo Barrios Reales.

El triunfo ha llegado: hora de elegir profesión

Los días de amargura habían quedado atrás y Yuravis era una flamante bachiller y ahora debía emprender el camino de la universidad porque su sueño era alcanzar su título universitario.

Desde sus días en la clínica había concebido la idea de convertirse en médico por tres razones fundamentales: primero, porque deseaba trabajar en algo en que pudiera servirle a mucha gente, como a ella le habían servido tantos médicos en los penosos días de su enfermedad; segundo, porque ella había pasado buena parte de su existencia en clínicas y hospitales y sentía que ese era el medio en que mejor se desenvolvía; y, tercero, porque una de las personas a quienes más quería y admiraba, su hermana Beda Margarita, acababa de graduarse en esta profesión y deseaba seguir sus pasos.

Sin embargo, en una larga conversación con Beda, a la luz de la luna de la ranchería, su propia hermana la hizo reflexionar sobre sus proyectos: por razones prácticas era mejor que pensara en otra profesión en que también pudiera servirle a la gente. “Imagínate, querida hermanita, atendiendo un parto o una cirugía complicada con tus limitaciones”. A lo cual Yuravis respondió que estaba dispuesta a aprender y adaptarse aunque tuviera limitaciones.

El diálogo continuó y al final, entre las dos, decidieron que lo mejor era que estudiara sicología. “trabajaremos juntas, le dijo Beda. Ya verás como ayudaremos a muchas personas entre las dos. Además, a ti, para ser sicóloga, lo único que te falta es el cartón”

Los días de la universidad

La jovencita, montada en sus sueños y ayudada por las muletas, llega de nuevo a Bogotá, pero no a la institución en que vivió cuatro años, sino a la Universidad Santo Tomás, con el firme propósito de convertirse en una excelente sicóloga. “Bogotá es una ciudad grande y difícil para moverse y me toca enfrentarme sola a mi nueva realidad. La universidad Santo Tomás es una de las más antiguas de la ciudad No hay ascensores y las escaleras son muy inclinadas y sin barandas; los pisos son inadecuados. En ese tiempo no había ninguna facilidad para personas con limitaciones, como yo.

La biblioteca quedaba en un sexto piso y no había ascensor. Para yo ir a la biblioteca tenían que alzarme y, para colmo en mi curso éramos muchas mujeres y solo tres hombres. A esos tres hombres yo no los soltaba (risas) y eran los que tenían que subirme y bajarme cada vez que lo necesitara”.

Su capacidad de expresión, su sonrisa permanente y su propia condición permitía que siempre hubiera personas dispuestas a ayudarla. También recuerda con tristeza algunas personas que con toda sinceridad le decían “No quiero ayudarte”, o simplemente continuaban de largo su camino, como haciéndose los que no la oían y continuaban su camino.

Fue en esos días cuando, con tristeza, aprendió algo que tantas personas saben hoy: “Lo más terrible no es tener una discapacidad, sino sortear con la indiferencia de la gente y la falta de solidaridad. Hay personas que actúan como máquinas y se olvidan de quien, en el camino, necesitan de una ayuda”

Al terminar los estudios realizó su tesis basada en un trabajo de “El concepto de familia para una familia wayûu desde una mirada sistémica constructivista” la cual debió realizar sola porque ninguno de sus condiscípulos quiso acompañarla en las investigaciones de campo realizadas en rancherías de la península.

El 6 de agosto de 2.008, un día antes del cumpleaños de su adorada madre, recibió su título como sicóloga con lo cual alcanzó uno de los mayores logros y vio materializada las ilusiones de tantos años.

A trabajar por la comunidad y por los suyos

En diciembre de ese mismo año se vino a trabajar como capacitadora, a atender pacientes y a trabajar con el título de sicóloga. El trabajo no le era una actividad desconocida pues en vacaciones se venía a La Guajira y acompañaba a su mamá y la ayudaba como secretaria y asistente. Últimamente ha trabajado como sicóloga y capacitadora en las sedes de Uribia, Riohacha y Maicao.

En estas labores se siente plenamente realizada, pues siente que ayuda a personas de todas las razas quienes acuden en busca de apoyo a su consultorio de la IPS Asocabildos en Maicao o a donde quiera que la necesiten. Para complementar sus estudios ha cursado un diplomado en Sicología Clínica y considera que dispone las herramientas para ser una de las mejores psicólogas bilingües de Colombia, pues ofrece sus servicios en español y wayunaiky, la lengua de su pueblo.

Líneas finales

Son las 8 de la noche y todos los asistentes a la iglesia Cristianos, se disponen a regresar a sus hogares después del servicio de ese día.

Todos, menos Yuravis, quien, con el rostro inclinado y los ojos inundados de lágrimas, continúa en su acostumbrada oración de acción de gracias por el milagro recibido en su vida.

Por la pantalla de su mente han pasado uno a uno los momentos más críticos de su vida y también los más agradables. Sabe que tiene un compromiso vital con Dios, con su familia y la gente de su Guajira a quienes deberá retribuirles el milagro que el Creador se empeñó en perfeccionar a través de ella. En unos minutos tomará sus bastones y regresará a casa y descansará para tener un feliz comienzo de día en el que les seguirá diciendo a todos que se esfuercen y superen la adversidad como ella misma lo hizo.

En la mañana llena sus pulmones de aire puro y ve una mariposa de alas anaranjadas salpicadas de puntos negros que se instala en una flor rotundamente roja como la sangre que circula vigorosa por sus venas. El espectáculo es bello pro ella debe irse, sus pacientes esperan por una voz de aliento. La misma que le dio una enfermera de la clínica cuando le dijo: usted es una niña de siete años pero tiene una inteligencia enorme. Un día te levantarás de la cama y vas a tener una historia muy bonita”.

Son las siete y cincuenta de la mañana y llegó la hora de seguir en el papel protagónico de la mejor historia, la historia de su vida.

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jueves, 14 de mayo de 2009

Naturaleza Guajira

Por: Danny Daniel López Juvinao

Eran dos amigos, Iguanito Mansito e Iguanazo Pelmazo. Vivían en las estribaciones del Cerro de la Teta, lo más septentrional que La Guajira tiene, con un hermoso cielo despejado.

Iguanito era huérfano de padre y tenía muy buenos principios, le gustaba leer mucho sobre su naturaleza, normalmente pasaba suspendido de las ramas de los árboles; a los 16 meses de edad, viajó para la Sierra Nevada de Santa Marta a seguir formándose gracias al esfuerzo de su madre Iguaneta, quien vendía igüarayas en la puerta de su cueva arrendada.
Iguanito tuvo que sacrificar su periodo reproductivo, prefirió esperar y dedicar su vida a examinar detalladamente la biósfera de aquella extraña selva, sabía que ello le significaba mejorar sus mecanismos de defensa para enfrentar los peligros presentes en su monte nativo; prepararse lo llenaba de satisfacción, toda vez que aumentaba el tamaño de su cola, espinas y papada.

A Iguanazo, sus padres Sceloporus y Phrynosoma, lo mandaron a asimilarse para San Andrés; pero él, muy lagarto y trepador, los engañaba y malgastaba su tiempo fumando hierbas y entrelazando su lengua corta y gruesa con numerosas muescas. Iguanazo se salía todas las noches de su zona, exponiéndose a ser cazado, conoció muchas especies de otras latitudes, pero se relacionó con Cocodrilos y Buitres de malas costumbres.

Por su parte, Iguanito aunque carecía de competencias para relacionarse, de sus orígenes lo conocía todo, sus amigos Iguánidos lo buscaban y salían a pasear a las inmediaciones de estanques y ríos del área circundante; él tenía un horizonte muy bien definido en su género, sabia donde quería alcanzar su madurez y se disponía para ello, irse a vivir a las riberas del Rio Ranchería era su sueño.

Iguanazo lo pasaba tomando sol en las playas de aquella paradisíaca isla, nunca aprendió a nadar ni a correr con rapidez, prefería lo divertido, lo nocturno y lo riesgoso. Adolecía de muchos valores, era rebelde, la notada Phrynosoma sabía que eso podría no terminar bien, pero le acolitaba con su silencio.

De nuevo en su hábitat natural y en vacaciones las cosas eran a otra pitanza, los cactus, las charcas, los trupillos, el terrario, los juegos, contando sus chascos y experiencias afuera, compartían sus secretos de manera jocosa. Tan opuestos pero tan cercanos, Iguanito e Iguanazo, crecieron y pasaron juntos sus primeros meses de existencia; sus amigos en el Jagüey más contiguo eran Caimán, Tortolita, Culebra, Ciempiés y Gaviota.

Después de un periodo en la Sierra, Iguanito culminó su faena, gran felicidad embargó a esta criatura y a su madre, engendrado como huevo único. Volvió a su cueva, de nuevo a la semidesértica Guajira, donde ahora si cortejó a una hembra y ella le correspondía adorando su orla dorsal.

Sceloporus viajó sorpresivamente al archipiélago a percatarse de los rumores de muchos grupos de saurios y de ese modo se enteró de las andanzas de su hijo; aunque fue muy difícil, nunca le dio látigo con su larga y delgada cola. Iguanazo se independizó, entabló “amistad” con Gavilán y empezaron a contrabandear tallos desde la Serranía del Perijá en las montañas Venezolanas, los cargaban al por mayor, eso multiplicó sus provechos; sobornaban al Rey Guajiro para el transporte aéreo de la flora. Compró todo un territorio florido y se alimentaba solo con las exclusivas algas marinas.

La naturaleza se confabuló e Iguanito Mansito pudo llegar al Rio Ranchería, tal y como siempre lo deseó, solía encontrarse siempre en el borde del mangle, cerca del agua o también en los arbustos, logró sus fines con mucha ética y pudo poner en práctica todas las habilidades adquiridas.

La vegetación creció y los amigos del Cerro se trasladaron a diferentes extensiones de Colombia, ya se habían reproducido y desarrollado, incluso algunos ya tenían hembra; probaron suerte en otras zonas selváticas y montaraces, destinos comunes y silvestres.
Iguanito fue desplazado por los salvajes, dos grupos de burros se plantaban por el dominio de las periferias del rio y amenazaban con sus dentones y rebuznos a todas las especies del monte. La visión de Iguanito se desvanecía antes sus tres ojos; lagrimas y deseos de ser devorado a manos de un águila, pero su destino era otro.

Con la ayuda de la astuta y megáptera Ballena Jorobada, Iguanazo diversificó sus negocios y empezó a traficar por el océano atlántico de las hierbas que él humeaba; aquel comercio lo hizo poderoso, pintó su cuerpo vertebral. Ahora si era todo un animal, al cual nada lo satisfacía e hizo un acuerdo con los burros para su custodia especial.

Lo oscuro pasó e Iguanito empezó una nueva vida, más robusto, mas grisáceo, con rayas transversales marginadas por su dolor interno, con sus cuatro fuertes patas provistas de uñas duras y afiladas, decidió caminar perenne hacia los paisajes de la Jagua del Pilar en el Sur de La Guajira; replanteó sus metas y encomendó su existencia al Creador.

Iguanazo muere, otros reptiles lo matan, mucha envidia y maldad en la floresta, su exuberancia lo delató, había elegido la ruta equivocada. Caimán cavó un hueco para enterrarlo, todos asistieron desde Culebra hasta Gaviota, asimismo Phrynosoma lo lamentó, pero estaba anunciado.

Iguanito lloró la caza de Iguanazo y prometió formar a las nuevas especies para que ninguno cometiera los errores de su amigo; después de aquel triste suceso, el invierno cesó en el bosque y las plantas florecieron. Iguanito ahora aporta su conocimiento y destrezas por el bien común de las razas de su Naturaleza Guajira, Dios le condujo a eso, él entendió y placenteramente aceptó.

El matrimonio wayüu

El pago de la dote es uno de los aspectos de la cultura wayüu sobre los cuales se han hecho malas interpretaciones. El historiador Luis Guillermo Burgos nos explica en qué consiste este pago que el contrayente le hace a la familia de su futura esposa.

Mensaje del predicador Pedro Vengoechea